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La Decisión de Actuar

En 1942, Marion Pritchard era una estudiante de posgrado en la Ámsterdam ocupada por alemanes. No era judía, pero observaba lo que les estaba pasando a los judíos de su ciudad. Una mañana, cuando iba en su bicicleta para clase, fue testigo de una escena afuera de un orfanato para niños judíos que le cambió la vida:

Los alemanes estaban cargando en camiones a los niños, desde bebés hasta niños de ocho años aproximadamente. Estaban alterados y lloraban. Cuando no se movían lo suficientemente rápido, los nazis los levantaban de un brazo, una pierna o el cabello, y los arrojaban en los camiones. No podía creer lo que mis ojos veían; hombres adultos tratando de esa manera a niños pequeños. Literalmente empecé a llorar de rabia. Dos mujeres que bajaban por la calle trataron de intervenir físicamente. Los alemanes también las lanzaron al camión. Permanecí allí sentada en mi bicicleta y, en ese momento, decidí que si había algo que pudiera hacer para impedir estas atrocidades, lo haría. Algunos de mis amigos tuvieron experiencias similares y, unas diez personas, entre ellas, dos estudiantes judíos que decidieron que no querían esconderse, nos unimos de manera muy informal por este mismo objetivo. Obtuvimos tarjetas de identificación arias para los estudiantes judíos, quienes, evidentemente, estaban asumiendo un riesgo mayor que nosotros. Conocían a muchas personas que tenían la intención de… “desaparecer”, como lo iban a hacer Ana Frank y su familia.

Ubicamos lugares donde las personas podían esconderse, les ayudamos a mudarse allí, les llevamos alimentos, ropa, cartillas de racionamiento y, a veces, apoyo moral y consuelo para las familias anfitrionas. Registramos bebés judíos recién nacidos como gentiles… y les brindamos asistencia médica cuando fue posible.1

A menudo, la decisión de rescatar judíos implicaba tomar otras decisiones difíciles. Pritchard describió lo que sucedió cuando aceptó esconder a una familia judía:

El padre, los dos niños y la bebé se mudaron, y logramos sobrevivir los dos años siguientes, hasta el final de la guerra. Algunos amigos ayudaron a levantar las tablas del piso, bajo la alfombra, y a construir un escondite en caso de redadas… Una noche nos salvamos de milagro.

Cuatro alemanes, acompañados de un policía nazi holandés, vinieron y registraron la casa. No encontraron el escondite, pero sabían por experiencia que a veces valía la pena volver a la casa que ya habían registrado, porque, para ese momento, los judíos podrían haber salido de su escondite. La bebé empezó a llorar, entonces, dejamos salir a los niños. Después, el policía holandés regresó solo. Yo tenía un pequeño revólver que un amigo me había dado, pero nunca había planeado usarlo. Sentí que no tenía otra opción más que matarlo. Lo haría nuevamente, en las mismas circunstancias, pero aún me perturba… Si alguien realmente hubiera tratado de descubrir cómo y dónde había desaparecido, lo hubiera hecho, pero la actitud general era que había un traidor menos del cual preocuparse. Una persona de una funeraria local nos ayudó a disponer del cuerpo, lo puso en un ataúd con otro cadáver legítimo…

¿Estaba asustada? Por supuesto, la respuesta es “sí”… Hubo momentos en los que el miedo me vencía y no hacía algo que hubiera podido hacer. Racionalizaba la inacción, sintiendo que podría poner en peligro a otros, o que no debería correr un riesgo porque qué pasaría con los tres niños de los que ahora era responsable en caso de que algo me pasara, pero sabía en qué momentos estaba racionalizando. Al reflexionar sobre sus decisiones y las de otros durante la guerra, Pritchard se preocupaba por la “tendencia a dividir la población durante la guerra entre unas pocas ‘personas buenas’ y la gran mayoría de ‘personas malas’. Eso me parece una simplificación excesiva y peligrosa…2

El punto que quiero dejar claro es que había, efectivamente, algunas personas que se comportaban como criminales al traicionar a los vecinos judíos y, con ello, los sentenciaban a muerte. Había algunas personas que se dedicaban activamente a rescatar a la mayor cantidad de gente posible. Y, en el medio, estaba la mayoría, aquellos cuyas acciones variaban desde la mínima decencia de por lo menos quedarse callados si sabían dónde se escondían los judíos, hasta los que encontraban la manera de ayudarles cuando se los pedían”.3

Citations

  • 1 : Carol Rittner y Sondra Myers, eds., The Courage to Care: Rescuers of Jews During the Holocaust (Nueva York: New York University Press, 1986), 29. Reproducido con autorización de New York University Press.
  • 2 : Rittner y Myers, The Courage to Care, 29–31.
  • 3 : Rittner y Myers, The Courage to Care, 32-33.

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